Los edificios enclavados en los cascos antiguos de nuestras ciudades son los que más necesitan ser objeto de una conservación continuada.

No podemos olvidar que todos los edificios con independencia de su antigüedad o de su tipología, requieren ser conservados. Y si los edificios no se conservan solos, la gestión de la conservación tampoco se hace sola.

Esta es la opinión de un ciudadano que tiene la suerte de que la conservación de su edificio está gestionada por una verdadera profesional.

  • Me llamo Rubén y soy el presidente de una Comunidad de Propietarios.
  • Vivimos en un edificio céntrico construido a principios del siglo XX, cuyos residentes originarios han ido falleciendo y han sido poco a poco sustituidos por nuevos residentes como yo, con edades entre 30 y 40 años.
  • Cuando nos tocó hacer la ITE, pedimos un arquitecto a la Bolsa de Trabajo que tienen en el Colegio de Arquitectos. Nos designaron a una arquitecta más o menos de nuestra edad, que se tomó el trabajo profesional con la mayor dedicación e interés.
  • Prueba de ello fue un hecho que ocurrió mientras procedía a la inspección del edificio. Estábamos un grupo de vecinos con ella en el sótano que aparentaba estar en buen estado, cuando la arquitecta nos preguntó
    • – Esa puerta que está cerrada ¿a dónde da?
    • – Es la entrada al cuarto de la caldera de carbón – dijo el vicepresidente que llevaba toda la vida viviendo en el edificio.
    • – ¿Se sigue utilizando esa caldera? – insistió la arquitecta.
    • – Ya, no. Dejamos de usarla cuando cambiamos el sistema porque era un engorro tener al portero pendiente todo el invierno de acopiar el carbón y las astillas y encenderla todos los días – le informó uno de los vecinos.
    • – ¿Tienen la llave para poder entrar? – dijo la arquitecta.
    • – Se nos extravió hace tiempo. Pero no se preocupe, – dije yo – que hace más de veinte años que se dejó de utilizar la caldera y desde entonces aquí no ha entrado nadie.
  • La arquitecta argumentó que si llevaba veinte años cerrado, era una importante razón para considerar imprescindible entrar a ver el estado de ese cuarto de la caldera.
  • Tras forzar la cerradura, entramos y nos quedamos de piedra. El suelo estaba encharcado, había unas vigas de hierro oxidadas y todo estaba lleno de cascotes que se habían desprendido de una de las paredes.
  • Teníamos una bomba de relojería escondida en nuestro propio sótano y si no hubiera sido por esa arquitecta no nos habríamos enterado.
  • Seguimos las instrucciones que nos dio para corregir los desperfectos y desde entonces todos en la comunidad, tanto viejos como jóvenes, estamos satisfechos de contar con el asesoramiento continuado de una profesional como es nuestra arquitecta.
  • Una arquitecta de la que presumimos con orgullo como nuestra “Arquitecta de la Casa”.

 

Nota: El texto anterior es una recreación basada en diversos casos vividos personalmente por mí a lo largo de los años que llevo dedicado a la conservación de edificios.

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