In MI OPINIÓN

Siempre he sido lo que podríamos llamar un “arquitecto de base”. Uno de esos miles de arquitectos que por falta de suerte o por insuficiente capacidad, hemos sido siempre arquitectos anónimos.

Soy un arquitecto anónimo que se jubilará sin haber ganado nunca un concurso ni haber visto publicadas sus obras en ninguna revista de arquitectura.

En mi paso por la ETSAM, adquirí un sustrato de sensibilidad que consciente o inconscientemente, he aplicado en todos los proyectos que he redactado en mis muchos años de ejercicio profesional.

Ese poso de sensibilidad me lo aportaron los profesores que me fueron formando a lo largo de mis años en la Escuela. Recuerdo aquellas clases de Proyectos planteadas como un diálogo continuado con aquellos penenes ilusionados con nuestra profesión, que me inculcaron la realidad del oficio de arquitecto.

Y aprendí que el espíritu de la arquitectura es ver los espacios construidos desde dentro, desde la realidad del ciudadano que los usa y no desde fuera, como los ven esos que confiesan que aspiran a edificar “cajas” amparados por un decreto.

Ver el edificio desde dentro, supone entender la función de una puerta, plantearse si tiene que unir o separar espacios, decidir hacia qué lado ha de abatir o que propiedades ha de tener el material que la conforma.

Ver el edificio desde dentro, implica situarte en el lugar del usuario y añadirle a una simple ventana, un montante o un batiente para convertirla en algo más que un lugar por donde entra la luz.

Ver el edificio desde dentro, exige anticipar el modo en que se producirá la circulación de los usuarios por cada espacio que se crea o actuar sobre los niveles, para obtener espacios con más o menos privacidad.

Ver el edificio desde dentro, comporta hasta decidir la conveniencia de colocar una celosía o una simple lama en un hueco…

Y con todas estas cosas, el arquitecto crea espacios donde se respira el espíritu de la arquitectura.

En mi trato con los usuarios de edificios he visto que nadie percibe y racionaliza el espíritu de la arquitectura. Una vez oí decir a un cliente que enseñaba a sus amigos una vivienda unifamiliar que acababa de estrenar: “Todo lo que veáis en mi casa que os guste, se me ocurrió a mí y le dije a mi arquitecto que lo pusiera… y todo lo que no os guste, es porque él se empeñó en ponerlo…”

Nunca dudaré que haya profesionales de otras disciplinas que sepan hacer edificios que no se caigan. No faltaría más. La Edificatoria es también una ciencia. Pero ahora, si nadie lo remedia, otros podrán practicar la Edificatoria por decreto y estarán muy satisfechos haciendo “cajas”, pero por favor, que no lo llamen Arquitectura.

Luis Jurado
Arquitecto especializado en divulgación sobre edificios en Jornadas, Cursos y Medios de comunicación
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